Celebrar la vida cotidiana

Jordan Matter. Dancers among us

Jordan Matter. Dancers among us

Cuántas veces hemos hecho fotografías en nuestros viajes que se han vuelto interminables porque nos empeñamos en aislar el objeto fotografiado, hacemos contorsionismo para evitar esa grúa que afea el paisaje que vimos miles de veces en postales, esperamos a que pasen los coches que tapan el monumento, aguantamos incansablemente hasta que desaparecen de la escena los ciudadanos con las bolsas de la compra evitando que su cotidianediad afee nuestra imagen ideal, aquella que testimonia que estuvimos en Nueva York, París o Londres… Como si la vida fuera eso, una postal retocada por el photoshop, como si no existiera belleza en lo cotidiano.

Esta es la idea que me transmite la obra del fotógrafo Jordan Matter “Dancers among us”. Tuvo la inspiración viendo jugar a su hijo, tal vez porque los niños nos enseñan que necesitamos dar impulsos de vitalidad a la rutina. Sus fotografías, que utilizan la danza para hacer poesía de la vida cotidiana de Nueva York, cambian nuestra mirada situando movimientos imposibles en calles, comercios, bibliotecas, playas, parques… invitándonos a:

reparar en la belleza de un día de lluvia
leer el paso de peatones con las manos
emocionarnos con la lectura de una carta entre los muros de una prisión
saltar las vías del tren que vemos a diario
pisar el alquitrán a paso de danza
pensarnos entre la gente de un parque
recoger la naturaleza en un respiro al borde de las piedras que visten la ciudad
dejar que nos vean mientras miramos
flotar con la lectura en la biblioteca
poner la palabra amor a nuestros sentimientos
viajar a lomos de un caballo de tiovivo
reirnos con los encuentros en los aseos públicos
parar las prisas con un salto en la estación de metro
olvidar el frío con el calor del amor sobre la nieve
sonreir a los que nos visitan
dejarte abrazar por la ternura de la corteza de un árbol
flotar entre la ZZZZZ del sueño
¡Celebrar la vida!

Amor en las paredes de la ciudad

Yo recuerdo
los primeros abrazos, solitarios,
a la pared pegados,
huyendo de la lluvia por las calles
de una vieja ciudad,
recién enamorados todavía,
felices y nerviosos.

Luis García Montero. El jardín pasajero

Besos de la artista urbana Claire Streetart

Me pregunto cuántos viajes se realizan para visitar los museos que han recogido, a lo largo de siglos, las obras maestras de la historia del arte. Empujados por la búsqueda de pinturas y esculturas, que vimos por primera vez en nuestros libros de texto, peregrinamos al Prado, el Louvre o la Galería de los Uffizzi.

Horas haciendo colas interminables solo para contemplar El nacimiento de Venus, Las Meninas o la risueña Mona Lisa protegida por su pantalla de metacrilato. Luego, paseo acelerado a contemplar aquella cúpula que el Renacimiento nos dejó o la ojiva de un gótico incipiente. Ojos y pies dirigidos a seleccionar lo que nos dejaron el arte y los artistas que la Historia ha legitimado.

Pero, ¿Y si el arte está en la calle?, en la puerta de cristal del café donde tomamos un tentempié, en la esquina donde nos apoyamos para ajustarnos el zapato que empieza a incomodarnos o en la fachada de esa casa envejecida que no merece nuestra atención de turistas exquisitos. Parémonos un poco y, a modo de moviola, retrocedamos observando cuanto nos rodea… Así nos encontraremos por las calles de París con la obra de Claire Streetart, una artista treintañera que ha decorado las paredes de la ciudad con besos de amantes.

Esta artista, de formación académica que se reconoce admiradora de Gustav KlimtMagritte, Hockney y Hopper, ha tenido éxito en el desarrollo de un universo alrededor de la pareja. Cada pieza es única, dibujada y coloreada a mano. Familiares y amigos posan para las fotografías que, tras un proceso de fabricación artesanal, quedarán convertidas en los amantes que se besan furtivamente en las esquinas de la ciudad, junto a extintores, máquinas expendedoras o el respiradero de una pared desconchada.

Su obra no te deja indiferente porque es una aproximación artística a la vida cotidiana de esta ciudad en la que el amor está siempre visible como objeto artístico. Convertidos en voyeurs que caminan por la ciudad, este arte urbano no nos lleva a los libros de texto de arte sino a las páginas de una historieta de Milo Manara.

Si queremos conocer in situ el arte de Claire tendremos que viajar a París, Montpellier y Brasil, donde las paredes son el lienzo y las calles el museo. Allí las audioguías se sustituyen por las conversaciones con los viandantes y la firma de la artista hay que buscarla en el muslo de la amante. Pero no olvidéis que este arte es efímero, contemplad y guardar las imágenes en vuestra memoria antes de que un vil brochazo de pulcra pintura entierre a estos amantes que se besan eternamente.

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Lecturas en la habitación del hotel

Edward Hopper. Hotel Room (1931). Óleo sobre lienzo 152,4 x 165,7 cm. Museo Thyssen-Bornemisza

Parece triste y abatida, acaba de llegar a la soledad de la habitación de un modesto hotel. No ha tenido ni fuerzas para deshacer la maleta, se ha quitado el sombrero, el vestido y los zapatos y se ha sentado en el borde la cama. No conocemos su historia, pero sabemos que está triste y le duele la soledad. Ensimismada, lee en un papel amarillento que apoya en sus rodillas, el horario de los trenes. Quizás su viaje no ha terminado.

Este cuadro de Edward Hopper de 1931, fue el primero de una serie de pinturas que ambientó en diferentes hoteles. Fascinado por la idea del viaje, Hopper hizo de esta imagen la metáfora de la soledad, gracias a su uso de los planos de color cortados por la diagonal que marca la cama y el uso de una luz que produce un fuerte contraste de luces y sombras acentuando el dramatismo de la escena.

En la obra de Hopper, de composiciones limpias y claras, la soledad y la melancolía de los seres humanos es una constante. En sus cuadros se repiten las  escenas de hombres y mujeres en los hoteles y bares nocturnos que se convierten en símbolos de la dificultad de los seres humanos para comunicarse y relacionarse.

Pero, ¿qué hay detrás del cuadro?. Al parecer está inspirado en una ilustración que Jean Louis Forain hizo para el número 10 de la revista Les Maîtres humoristes, y que Hopper había adquirido en uno de sus viajes a París. El dibujo de Forain, que forma parte de una serie titulada “L’amour a Paris”, representa a una muchacha en ropa interior sentada en el borde de una cama -dispuesta también de forma diagonal- contemplando los zapatos de su amante.

La mujer que aparece en el cuadro es Josephine Hopper, la esposa del pintor. Antes de casarse con Hopper en 1924, era considerada una de las más importantes artistas de la época. Exponía al lado de Picasso, Georgia O’Keefe y Modigliani, pero su relación con Hopper la anuló como artista y la convirtió en su eterna modelo, al parecer porque ella se negó a que nadie más posara para él.  Hoy no hay manera de ver una sola obra de Josephine Verstille Nivision. Solo conocemos sus múltiples retratos, retocados por el pincel de su marido porque “las mujeres de sus cuadros nunca envejecen”.

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