Qué pereza ser turista

autobusturistico

El calor derretía la espera, los coches circulaban con prisa de viernes dejando atrás al autobús turístico que se desplazaba como un gusano lento, lleno de rojos individuos que podían atrapar el calor ondulante con sus manos. Entonces ella recordó con placer que le esperaba en casa un apetitoso plato de lentejas y pensó:

¡Qué pereza ser turista!

Docuhistorias

Perdamos otra vez el autobús

zaharaYa que perdimos los mapas … por qué no perdemos el autobús?. Es bello el camino a pie. Porque es viernes y la primavera se ha disfrazado de verano, vamos a perdernos con esta canción dulzona de la ubetense Zahara y este video naif y simpático.

¿Subes o nos vamos a pie?

¡Buen fin de semana!

 

Voy a hacer el viaje más largo en estos días a pie
para encontrar al chico fabuloso de mi vida
y tú grabas el mar desde el tren con la cámara del móvil.
Soy yo quién te espera con sugus de colores en el andén.
Perdamos otra vez el autobús.
Cualquier lugar del mundo es nuestra casa si estas tú
Woooo ah ah ahhhh
Vamos a inundar la parte de atrás con tanto amor y qué
si nuestros besos lentos son de foto y somos tan pastel.
El metro hasta arriba, tú y yo compartimos cascos, cantamos a pleno pulmón.
Empieza nuestra noche de baile en cada vagón.
Perdamos otra vez el autobús
mi lado favorito de la cama eres tú
Woooo ah ah ahhhh
Vamos a hacer el viaje más largo en nuestra vida, lo sé,
para encontrarnos chico fabuloso.

Historias que se cruzan en un autobús

Scene from Seattle During Free Ride Day, with People Boarding a Bus

Autobús en Seattle

Todo el día de acá para allá, ahora subo en autobús, cambio de línea, me bajo y me vuelvo a subir, luego el tren, otro autobús… ¿Cuántas vidas se cruzan al cabo del día? ¿Cuántas las historias, paralelas, convergentes, divergentes? Cuántas declaraciones de amor tras compartir madrugones en el metro, cuántas lecturas espiadas… Y cuántas las historias inventadas en tiempos de espera o de trayecto: el turista que lee la guía, el deportista que sueña con correr la maratón de Nueva York, los niños que emprenden su primera excursión, las jubiladas que “huyen” a descansar de los maridos, la mujer que fotografía nubes, las amantes secretas, el abuelo que se siente inseguro en cada viaje, el profe que corrige exámenes, la enamorada adicta al teléfono, el ejecutivo impaciente, la joven que ha decidido ser madre en soledad…

Son gentes que ubicamos en movimiento, siempre entre los asientos del tren o el autobús, a los que hemos compuesto una historia y no reconocemos cuando los vemos fuera de contexto, sin maletas, paseando por la ciudad. Si les diéramos ocasión, tal vez descubriríamos que somos complementarios que, según nos cuenta esta canción de Rozalén que hoy os traigo, las personas son sorpresas. ¿Te atreves o te escondes tras el libro, el móvil, el ordenador o la mirada perdida tras los cristales?

Los que no tuvieron duda fueron los compañeros de viaje que, a base de compartir viajes desde Sevilla a Osuna, se animaron a publicar el blog La vida es un tren a Osuna en el que descubrían amaneceres, heladas, visitas curiosas y hasta celebraron la Navidad, con decoración de vagón incluída. Ideas de un niño que creció entre historias de raíles y estaciones y que se sigue emocionando, como yo, con la cara y la cruz de cada partida de tren.

Cincuenta y seis son los asientos, sin contar con conductor,

seis las horas de trayecto, seis y media con parón.

Muchas son las vidas, que se cruzan de manera paralela,

increíble es la historia de quien viaja a tu vera.

La de cosas que te pierdes por no preguntar,

busca nuevas aventuras,

interésate por los demás.

Son sorpresas las personas, descúbrelas.

Y en el asiento primero hay un hombre muy aseado

que anda siempre preocupado por trabajo y por dinero,

necesita secretaria que elija hasta su corbata y prepare buen café.

Margarita es Colombiana, busca oficio algo apurada

y es perfecta para él.

La de cosas que te pierdes por no preguntar,

si ellos dos se conocieran todo iría genial.

Veinticinco y veintiseis son asientos ocupados por hijos de jubilados antiguos republicados,

formaban el pelotón, la quinta del biberón en la Guerra Civil.

Y los hijos llevan tiempo buscando la información, para un reencuentro perfecto.

La de cosas que te pierdes por no preguntar,

si ellos dos se conocieran todo iría genial.

Y es que en todo el autobús contamos con seis artistas,

uno canta, la otra baila y aquél toca el saxofón,

guitarrista, buen bajista, percusión y violinista

y Joaquín es productor.

Formarían un gran grupo,

toda una vida de lujo, en las listas de éxitos.

La de cosas que te pierdes por no preguntar,

si todos se conocieran todo iría genial.

La de cosas que te pierdes por no preguntar,

busca nuevas aventuras, interésate por los demás.

Son sorpresas las personas, descúbrelas…

Rozalén “Autobús”

Hilos de colores para la felicidad

Las rutinas y nuestros sueños están unidos por finos hilos de colores que nos sacuden ante el menor estímulo. A veces solo hace falta pasear por la ciudad con la mirada atenta a las personas que nos rodean, tomarnos nuestro tiempo y escuchar a los niños a la salida del colegio, a la gente que pasa corriendo a una cita o a un vendedor bohemio que espera que le dediques dos minutos.

También puede suceder al subir a un autobús, ese espacio reducido en el que se resume el mundo. Un corto y rutinario trayecto al que sube un vendedor que nos parece un simple charlatán que viene a vendernos algo que no necesitamos. Abstraídos miramos por la ventana, esperando a que acabe su discurso, pero de pronto despliega sus hilos de colores y pronuncia la palabra “sueño.” Y la cabeza se llena de quisieras y me gustaría que salen de la caja de los sueños dormidos.

El autobús del vendedor de sueños

¿Hemos perdido la capacidad de soñar? Hoy que todo se vende y que la publicidad nos ofrece la luna… ¿Se pueden vender sueños, deseos que se alojan en el alma y que no valen dinero? Me pregunto qué pasaría si cada día, al final de nuestra jornada de trabajo, nos propusiéramos vender un sueño a alguien.

¿Te sorprendería que al llegar al supermercado la empleada te preguntara si se habían cumplido tus deseos? ¿Y si al ir a solicitar un libro en la biblioteca, la bibliotecaria te dijera: hoy te noto triste, ¿Quieres un café y hablamos?. ¿Cuál sería tu estrategia? ¿Qué podrías ofrecer?… Pero piensa, si algún día decides hacerlo también tú tienes que sentirlo.

El protagonista de este cortometraje que hoy os traigo lo intentó porque así lo hacía su abuela de la que heredó el negocio. “El vendedor de sueños” es parte de una campaña institucional de Tarjeta Naranja pero pertenece a ese selecto grupo de  anuncios con mensaje que se quedan en tu memoria y te provocan una sonrisa, te hacen pensar que otra forma de hacer las cosas es posible, porque los sueños y anhelos personales pueden activarse si ponemos toda nuestra energía. Estupenda publicidad que cede el protagonismo al mensaje en detrimento de la marca, con un hermoso guión y una magnífica interpretación por parte de los actores Favio Posca y China Zorrilla, la misma que nos emocionó con Elsa y Fred.

Imagina que en cada trabajo, al final de la jornada cada uno se propusiera la “venta” de un sueño. Calcula ¿Cuántos sueños habrás vendido antes de jubilarte?

Buscando su primer libro de cocina

Quien no se haya sentado a hablar alguna vez en una de estas cocinas no está capacitado para conocer la esencia del país […] Ella no sabe dónde está la poesía. No sabe que la poesía de su vida, más que en las hojas del árbol o en la brisa, está en esa cocina, tan poderosamente suya y tan nuestra también” Elvira Lindo

El placer de una mañana de despertar lento, desayunar sin prisas, comprar el periódico y salir a descubrir el mundo través de los ojos de una niña de tres años. Un descubrimiento que convierte una salida a hacer unas compras en un viaje en el que contemplar lo cotidiano desde el asiento de un autobús urbano.

Ella ilusionada con la idea de su primera visita a una librería. Yo con la promesa de compra de su primer libro de cocina. Desde que nació, la mayor parte de los regalos han sido libros. Con “El perrito motas” se inició en el amor a los perros y aprendió a pasar ordenadamente las páginas de un libro. Tanto le gustaba que lo prefería a otros juguetes.

Desde muy pequeña ha incorporado la percepción de los sentidos a su comportamiento y a sus expresiones: “Um que bien huele la comidita”, “esta sopa está exquisita…” Cuando se enfada ya sabe cómo utilizar estas cuestiones para molestarte con un rotundo: “No me gusta tu comida…” Le gusta comer y participar en el ritual de las comidas familiares y de las conversaciones en las que se sitente una más; conversaciones que no tiene inconveniente en interrumpir cuando no le interesan: “!Comiendo no se habla!”.

Creo que es el momento de ese libro que la aleje de un futuro lleno de precocinados y le haga disfrutar de la preparación de sencillas recetas al calor de la compañía de los que la quieren bien. Fuera ya de prejuicios que consideraban la cocina como un castigo femenino, este espacio se convierte en un lugar para los juegos de magia con los que relatar el origen de los ingredientes, disfrutar de sus colores, sus texturas y con los que conocer el mundo para hacerlo más sabroso.

En nuestro paseo hacia la librería vamos coleccionando miradas:

– ¿Vamos a la biblioteca a coger un libro?

– No, vamos a la librería. Es distinto, allí se compran libros, en la biblioteca se prestan.

– Mira el parque, mira el colegio…

– ¿Queda mucho? ¿Cuándo vamos a llegar a la biblioteca? ¿Eso qué es?

– Un salón de juego

– Un día vamos a venir a jugar

– No Helena, eso no es una ludoteca, es un lugar para mayores.

– !Mira el camión de los helados!. Va a recoger los helados para los niños. Luego nos vamos a comer un helado en casa ¿eh?

– Mira… !un hombre que ha cruzado el semáforo en rojo!

– ¿Queda mucho para llegar a la biblioteca?

– A la librería Helena, es una librería infantil

– Yo no sé decirlo…

Tras un larguísimo viaje de diez minutos en autobús llegamos a la librería donde divisa rápidamente una mesa para pintar y desplegar sus dotes artísticas mientras yo compro los libros. La librera intenta ser agradable y le pregunta que si sabe cocinar. Ella le relata los ingredientes del gazpacho. Ha olvidado el pepino, quizás para evitar la polémica… Con esta niña nunca se sabe.

De camino a casa, y con nuestro libro bajo el brazo, cogemos otra vez el autobús. El viaje de vuelta, como todos los regresos, se convierte en un mero trámite. El asiento es más bajo y no ve bien el exterior. Se impacienta diciendo: “No tengo suficiente estiranza para ver el suelo”. Antes de llegar a casa hacemos una parada para comprar fruta: paraguayas, ciruelas y sandía. Afanosa en ayudarme con las bolsas, no hace alusión al libro, por lo que le pregunto:

– Helena, parece que no te ha hecho ilusión el libro, no dices nada.

– Me ha hecho ilusión la sandía…

Me pregunto a partir de qué edad empezamos a mentir…

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