Celebrar la vida cotidiana

Jordan Matter. Dancers among us

Jordan Matter. Dancers among us

Cuántas veces hemos hecho fotografías en nuestros viajes que se han vuelto interminables porque nos empeñamos en aislar el objeto fotografiado, hacemos contorsionismo para evitar esa grúa que afea el paisaje que vimos miles de veces en postales, esperamos a que pasen los coches que tapan el monumento, aguantamos incansablemente hasta que desaparecen de la escena los ciudadanos con las bolsas de la compra evitando que su cotidianediad afee nuestra imagen ideal, aquella que testimonia que estuvimos en Nueva York, París o Londres… Como si la vida fuera eso, una postal retocada por el photoshop, como si no existiera belleza en lo cotidiano.

Esta es la idea que me transmite la obra del fotógrafo Jordan Matter “Dancers among us”. Tuvo la inspiración viendo jugar a su hijo, tal vez porque los niños nos enseñan que necesitamos dar impulsos de vitalidad a la rutina. Sus fotografías, que utilizan la danza para hacer poesía de la vida cotidiana de Nueva York, cambian nuestra mirada situando movimientos imposibles en calles, comercios, bibliotecas, playas, parques… invitándonos a:

reparar en la belleza de un día de lluvia
leer el paso de peatones con las manos
emocionarnos con la lectura de una carta entre los muros de una prisión
saltar las vías del tren que vemos a diario
pisar el alquitrán a paso de danza
pensarnos entre la gente de un parque
recoger la naturaleza en un respiro al borde de las piedras que visten la ciudad
dejar que nos vean mientras miramos
flotar con la lectura en la biblioteca
poner la palabra amor a nuestros sentimientos
viajar a lomos de un caballo de tiovivo
reirnos con los encuentros en los aseos públicos
parar las prisas con un salto en la estación de metro
olvidar el frío con el calor del amor sobre la nieve
sonreir a los que nos visitan
dejarte abrazar por la ternura de la corteza de un árbol
flotar entre la ZZZZZ del sueño
¡Celebrar la vida!

Con mis mejores deseos


Los profesionales del barrio nos felicitan la Navidad

En 1843, Henry Cole, un londinense polifacético que lo mismo organizaba los archivos nacionales británicos, editaba libros infantiles ilustrados, organizaba la Exposición de Londres de 1851 o dirigía el Victoria & Albert Museum, cansado de escribir felicitaciones a mano, encargó el diseño de una postal al ilustrador John Calcott Horsley. Éste, elaboró un dibujo coloreado a mano, con la escena de una familia reunida en torno a la mesa y le añadió el texto “Merry Christmas and Happy New Year”. Con vista comercial, mandó imprimir más postales de las que necesitaba, con la intención de vender el resto por un chelín (el precio de una comida de la época). Las pocas postales que se conservan de esa tirada, hoy se cotizan por miles de dólares y se conservan, como oro en paño, en bibliotecas como la de la Universidad de Dallas. La corte victoriana, por influencia del príncipe Alberto, que era amigo de Henry Cole, adquirió la costumbre de usar postales navideñas para felicitar a sus amigos.

La popularidad de esta costumbre fue en aumento a medida que bajaban los costes de las postales, gracias a los avances de la impresión en color y a la creación de un arancel inferior al de las cartas con sobre. En este sentido, se marca 1860 como el inicio de esta costumbre de forma masiva. Y desde entonces hasta ahora, el envío de postales es un rito y una actividad económica que mueve mucho dinero. Los estadounidenses, que lo miden todo y cuentan con la Asociación de Tarjetas de Felicitación, afirman que suelen enviar unos dos mil millones de postales.

No es que quiera quitarle mérito a Henry Cole, pero con anterioridad a 1843, está documentada la primera felicitación navideña impresa en España. Se trata de una postal de 1831, de los repartidores del Diario de Barcelona. Y es que era costumbre entre los trabajadores de oficios públicos, repartir estas felicitaciones con objeto de obtener el aguinaldo. Serenos, basureros, panaderos, lecheros… llamaban a la puerta de los vecinos y con voz amable felicitaban el año nuevo, al tiempo que entregaban la tarjeta de colores llamativos. En ocasiones, incluía en el reverso unas rimas alusivas al trabajo que desempeñaba en el vecindario. Como ésta que sigue del sereno del barrio:

Algunas de estas imágenes se conservan en la colección Ephemera de la Biblioteca Nacional que hoy pone a disposición de todos nosotros mediante el servicio de envío de postales. Otras están recogidas en el divertido libro de Luis Carandell, “Celtiberia Show” y previamente en la sección de igual título de la revista Triunfo. Son, en definitiva, el testimonio documental de los pequeños gestos que reflejan cómo era la sociedad en cada momento de la historia.

Nuestros gestos circulan hoy por miles de ordenadores,  en forma de postales electrónicas, y de móvil en móvil, mediante sms que se van copiando de unos a otros. ¿A dónde van a parar los millones de mensajes que engrosan las cuentas de las compañías telefónicas?. ¿Alguien los está guardando?. Seguramente que los americanos nos sorprenden con algún centro de documentación de sms navideños, que podrán clasificarse como: melosos, tradicionales, ingeniosos, picarones e incluso “guarretes”. ¿Qué opinarán nuestros nietos cuando lean felicitaciones como ésta? “Aviso a toda la población: el simulacro de Paz y Amor ha finalizado. Guarden los langostinos, insulten a sus cuñados y disuélvanse…”.

Nostalgia del verano

Llegados a este tiempo, cuando empiezan las primeras lluvias y  el frío solo es el fresco que se va colando en las conversaciones de ascensor, cuando la noche todavía va cayendo como un lento telón, de pronto nos agarra la nostalgia del verano. El verano, ese tiempo en el que rompemos con las actividades habituales y proyectamos nuestras fantasías con encuentros inesperados y relaciones fugaces. Acumulamos veranos con historias para pasar los largos los inviernos. Historias que a veces solo son sensaciones sin palabras, sin hechos. El verano, ese tiempo en el que buscamos la felicidad.

Tomaron un pequeño apartamento

al calor de la historia que empezaba

en un pueblo radiante de la costa.

Las familias miraban de reojo

su dulce suficiencia,

su ambigua cercanía cuando tomaban sol,

los leves empujones en la orilla

de muchachos buscándose en el juego,

la risa incontrolable,

el júbilo de luces y de compras

los días de mercado

y un remolino oscuro de murmullos

se levantaba al paso como una nube torda.

En sólo quince días avivaron

contrarios sentimientos, un ascua adormecida

y una imagen inquieta de la felicidad.

Recordarían de aquello más que nada,

muchos años después, en su país del norte,

la coartada airosa de su idioma

para hablar de deseo sin entenderles nadie,

las noches enlazadas de sus cuerpos

con las marcas blanquísimas de los trajes de baño

y un sobre con postales de vocación turística

que guardaron por siempre como un talismán:

el farero viejo cortando caña,

la junta de los bueyes en la plaza del pueblo

y una chica en biquini diciendo okey.

Luis Muñoz. Postales en un sobre

Un viaje por Barcelona

Las canciones son documentos que, desde la brevedad, cuentan historias por las que viajar. Esta canción de Jorge Drexler, podría valernos como guía turística para visitar Barcelona. Coge tu equipaje y sube a este viaje por los sonidos de las campanas, del tren, los aviones… y pasea tus ojos por las postales, los museos y las gárgolas.

 

Escuchar canción

Nos delata el equipaje

y la duda al caminar,

su prudencia pueblerina,

mi silencio en catalán.

La niebla de Barcelona

como un púdico tapiz.

 

Y allá vamos, soñolientos,

tras la sombra de Gaudí.

 

Poco importan las versiones,

los resabios de un lugar,

las postales consabidas,

la edad de una catedral,

la caricia minuciosa

de los siglos de humedad.

 

Y las gárgolas te miran,

sobrevuelan la ciudad.

Los mojones del camino

con su ambigua cicatriz

van marcando el fuselaje,

descascarando el barniz.

La distancia es un oasis,

una forma de mentir.

Visitamos los museos

codiciando souvenirs.

Jorge Drexler. Equipaje

Cara B (2008)



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