Amanece en Plaza Garibaldi

El vals del adiós

Siempre estamos diciendo adiós

Hay canciones que te buscan cuando estás triste para poner la banda sonora a un ataque de melancolía. Y hay lugares desde los que decir adiós porque, de alguna manera, siempre nos estamos yendo…

La canción bien podría ser El vals del adiós de Rulo y la Contrabanda que canta a duo con Enrique Bunbury. Tiene toques de vals y de canción fronteriza, con el punto de melancolía que requiere el adiós que se pronuncia con dolor y arrepentimiento desde la primera letra.

Una despedida, tal vez una huída, un canto de añoranza de lo que fue y de lo que no será, un grito lanzado mientras amanece en Plaza Garibaldi en México, un lugar poblado por mariachis donde jurar amor eterno o buscar corazones rotos. El lugar del recuerdo y del olvido.

Es el cruce de caminos en el que cada uno lee un libro distinto: los enamorados buscan serenatas para declarar su amor, los turistas sueñan con experiencias únicas que contar a su vuelta del viaje y los antropólogos ven a músicos barrigudos, trabajadores no asalariados, que flotan en la precariedad laboral asidos a canciones que hablan de noches de pasión, narraciones del desamor y la derrota.

México para abrazarse al tequila y “aceptar la derrota como costumbre” mientras seguimos el camino buscando otra canción en la que ser feliz.

Me voy pero no llores, tú no estés triste.

Me largo porque no soy tu mejor opción.

Prefiero no ver tus ojos al despedirme.

Ya seré feliz en otra canción.

Huir fue mi costumbre cuando no hay tormenta…

mi traje de cobarde me sienta bien.

Qué pronto se me hizo tarde, pido la cuenta.

Dos besos de propina y hasta otra vez.

Y brindo por esas noches, donde todo era alegría.

Esa mezcla de sonrisas y rock and roll…

Esas tardes de verano apurándonos los cuerpos…

Valía más el bar de abajo que todo Nueva York.

Me voy cantando el vals del adiós…

Me voy cantando el vals del adiós…

Acepto la derrota, como costumbre.

Asumo tu destierro por solución.

Ya no arde la madera, no queda lumbre.

Cenizas de un pasado que ya pasó.

Y me he abrazado fuerte a mi tequila,

contándole las cosas que nunca haremos…

en Plaza Garibaldi se hace de día…

y yo en mitad gritando: te echo de menos.

Y brindo por esas noches, donde todo era alegría.

Esa mezcla de sonrisas y rock and roll…

Esas tardes de verano apurándonos los cuerpos…

Valía más el bar de abajo que todo Nueva York.

Me voy cantando el vals del adiós…

Me voy cantando el vals del adiós…

Me voy cantando el vals del adiós…

Me voy cantando el vals del adiós…

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