Los profesionales del barrio nos felicitan la Navidad

En 1843, Henry Cole, un londinense polifacético que lo mismo organizaba los archivos nacionales británicos, editaba libros infantiles ilustrados, organizaba la Exposición de Londres de 1851 o dirigía el Victoria & Albert Museum, cansado de escribir felicitaciones a mano, encargó el diseño de una postal al ilustrador John Calcott Horsley. Éste, elaboró un dibujo coloreado a mano, con la escena de una familia reunida en torno a la mesa y le añadió el texto “Merry Christmas and Happy New Year”. Con vista comercial, mandó imprimir más postales de las que necesitaba, con la intención de vender el resto por un chelín (el precio de una comida de la época). Las pocas postales que se conservan de esa tirada, hoy se cotizan por miles de dólares y se conservan, como oro en paño, en bibliotecas como la de la Universidad de Dallas. La corte victoriana, por influencia del príncipe Alberto, que era amigo de Henry Cole, adquirió la costumbre de usar postales navideñas para felicitar a sus amigos.

La popularidad de esta costumbre fue en aumento a medida que bajaban los costes de las postales, gracias a los avances de la impresión en color y a la creación de un arancel inferior al de las cartas con sobre. En este sentido, se marca 1860 como el inicio de esta costumbre de forma masiva. Y desde entonces hasta ahora, el envío de postales es un rito y una actividad económica que mueve mucho dinero. Los estadounidenses, que lo miden todo y cuentan con la Asociación de Tarjetas de Felicitación, afirman que suelen enviar unos dos mil millones de postales.

No es que quiera quitarle mérito a Henry Cole, pero con anterioridad a 1843, está documentada la primera felicitación navideña impresa en España. Se trata de una postal de 1831, de los repartidores del Diario de Barcelona. Y es que era costumbre entre los trabajadores de oficios públicos, repartir estas felicitaciones con objeto de obtener el aguinaldo. Serenos, basureros, panaderos, lecheros… llamaban a la puerta de los vecinos y con voz amable felicitaban el año nuevo, al tiempo que entregaban la tarjeta de colores llamativos. En ocasiones, incluía en el reverso unas rimas alusivas al trabajo que desempeñaba en el vecindario. Como ésta que sigue del sereno del barrio:

Algunas de estas imágenes se conservan en la colección Ephemera de la Biblioteca Nacional que hoy pone a disposición de todos nosotros mediante el servicio de envío de postales. Otras están recogidas en el divertido libro de Luis Carandell, “Celtiberia Show” y previamente en la sección de igual título de la revista Triunfo. Son, en definitiva, el testimonio documental de los pequeños gestos que reflejan cómo era la sociedad en cada momento de la historia.

Nuestros gestos circulan hoy por miles de ordenadores,  en forma de postales electrónicas, y de móvil en móvil, mediante sms que se van copiando de unos a otros. ¿A dónde van a parar los millones de mensajes que engrosan las cuentas de las compañías telefónicas?. ¿Alguien los está guardando?. Seguramente que los americanos nos sorprenden con algún centro de documentación de sms navideños, que podrán clasificarse como: melosos, tradicionales, ingeniosos, picarones e incluso “guarretes”. ¿Qué opinarán nuestros nietos cuando lean felicitaciones como ésta? “Aviso a toda la población: el simulacro de Paz y Amor ha finalizado. Guarden los langostinos, insulten a sus cuñados y disuélvanse…”.

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