Un diccionario de locura

Entre todas las fuentes de información, quizás la más popular sea el diccionario. Los diccionarios están vinculados a nosotros desde que nos iniciamos en el aprendizaje de la  lengua. Después nos van acompañando en el descubrimiento del conocimiento, de la cultura y de la vida. A través de las palabras, se convierten en cómplices en la adolescencia, los primeros que se leen nunca se olvidan. Y nos acompañan en nuestros viajes, para entender a los otros, adaptándose a nuestra maleta con el formato  de bolsillo. Cada país o cada lengua ha generado su “diccionario nacional” elaborado durante años, gracias al esfuerzo de cientos de personas que han contribuido a lo largo de su vida a recopilar las palabras de nuestra cultura. La historia del Oxford Dictionary es ejemplo de ese paciente trabajo, que se desarrolló entre 1857 y 1928, aunque con algunos ingredientes dignos de una novela policíaca.

El diccionario, fue concebido en Londres como un proyecto de la Sociedad Filológica, que intuía que la lengua inglesa podía convertirse en el nexo de unión de un Imperio en expansión. El resultado de esas inquietudes fue un proyecto lexicográfico decisivo para el desarrollo posterior de una lengua que acabará por convertirse en el idioma de todo el planeta. En junio de 1857 se fundó el “Comité de las palabras no registradas”, y se sugirió que era imprescindible un nuevo diccionario que se basara en las contribuciones de un gran número de lectores voluntarios, que leyeran libros, copiaran los pasajes que ilustraban los distintos usos reales de las palabras, y las enviaran al editor.

Tras varios editores, el proyecto cae en las manos del lexicógrafo James Murray. Al mismo tiempo, la Sociedad negociaba con Oxford University Press, la edición de la obra monumental. Murray erigió un edificio de hierro forrado de pino llamado “Scriptorium”, con 1029 casillas y muchas estanterías, para poder trabajar con sus colaboradores. Hizo una nueva petición de lectores, que fue publicitada en periódicos y distribuida en librerías y bibliotecas. Sus colaboradores fueron tantos y la dirección de Murray era tan conocida en las oficinas postales inglesas, que si alguien quería enviarle alguna definición para su diccionario, bastaba con escribir en el sobre “Mr. Murray, Oxford”. Así, entró en contacto con William Chester Minor, con el mantuvo una larga correspondencia durante veinte años.

Con objeto de felicitarle por su importante contribución a lo largo de varios años, Murray invitó a Minor a cenar en Oxford, pero éste no acudió. Murray decidió entonces, hacerle una visita, en la que descubrió que su leal colaborador, vivía en Broadmoor, la célebre prisión para enfermos mentales con historial delictivo donde había sido confinado de por vida, tras asesinar a un hombre.

Minor, de origen americano, había nacido en Ceilán en 1834. Conocedor de idiomas como el singalés, el tamil, el birmano y el hindi, se doctoró en medicina. Después de participar como médico en la Guerra de Secesión, dicen sus biógrafos que enloqueció al presenciar la masacre que provocó la Batalla de Wilderness. Tras haber estado internado en un manicomio, fue dado de baja del Ejército y se trasladó a Londres.  Una mañana, en uno de sus delirios, se sintió amenazado y mató a un obrero, padre de siete hijos. Cuentan que Minor se reconcilió por carta con la viuda de su víctima. Al cabo de un tiempo, ella fue a visitarlo a la mencionada prisión, lo perdonó y le consiguió libros.

Con los libros de su colección particular, cuyo traslado a Inglaterra procuró el consulado de Estados Unidos, y las obras que familiares y amigos le hacían llegar de Londres, Boston y Nueva York, el doctor convirtió la celda de Broadmoor en una extraordinaria biblioteca que le ayudó en su investigación lexicográfica.

Terminada su frenética correspondencia con Murray, Minor entró en una profunda crisis castrándose con un cuchillo en su habitación. Murray pidió al ministro del interior, Winston Churchill, que firmara la libertad de Minor para que pudiera volver a los Estados Unidos. Churchill lo hizo, en 1910, y Minor murió de neumonía en Connecticut, la tierra de su familia, diez años después.

Su vida quedó reflejada en la novela El profesor y el loco” y parece que va camino de ser película, aunque no cabe duda que su mejor legado es el Diccionario.

Una respuesta

  1. La vida está llena de locos-genios. … lo peor, o lo mejor… es que a veces me gustaría ser uno de ellos.

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